Se dirá que Amenábar ha sido ingenuo. El airado ateo que fue capaz de tomar en vano el nombre del dios Hitchcock ¿ha olvidado? que el cine histórico, o sea el péplum y sus operísticas necesidades de puesta en escena, es un iceberg asesino de aventureros con delirios de Titanic. Por ejemplo, ¿recuerdan que hace medio siglo, el cineasta que mejor filmaba el verbo, Mankiewicz, se partió en mil pedazos por culpa de Cleopatra? Bastaría con recitar en voz alta las víctimas de la maldición de cine histórico como devorador de cineastas para hacer aconsejable no filmar Ágora.
Con Alejandría como telón de fondo y con centenares de extras como coro ilustrador de un momento crucial en la historia de la humanidad, el advenimiento de la Edad Media, Amenábar utiliza el pasado para hablar del presente. Pero aunque él juega a cambiar de género, de época y de tono en su cine, la realidad es que hay algunas constantes vitales en todas sus películas que permanecen como obsesiones recurrentes. ¿La marca del autor? Sin duda.

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